jueves, 21 de agosto de 2014

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1CxD02-115 20 de agosto de 2014

Emergencia hídrica

© Jorge Claudio Morhain

No paraba de llover. No había parado en dos meses. No había cesado un solo día.
Todo aquel que remotamente tenía posibilidades de inundarse, se inundó. Todo centro pasible de ser utilizado como Centro de Evacuación había sido utilizado. Las familias desplazadas se contaban por miles. La logística para atenderlos palió en parte los empleos caídos por simple imposibilidad de realizarlos bajo la lluvia.
En un principio se dijo que los desagües estaban tapados, o eran insuficientes para drenar el agua caída. Bueno, en realidad lo primero de que se habló fue del calentamiento global. Pero puesto que contra eso no se podía hacer nada se pasó a temas más prácticos, sobe los que se pudiera actuar. Se limpiaron lo desagües, se construyeron nuevos, se canalizó todo lo que se pudo, e incluso se dinamitaron carreteras que obstruirían el escurrimiento. Hasta que debió admitirse que ya no había depresiones adonde enviar agua. Lo mismo sucedió con la absorción. A pesar de que se removieron grandes extensiones de cemento, llegó un punto donde la saturación complementaba casi todo lo que el terreno pudiera chupar.
Así que el agua siguió subiendo.
Subiendo.
Alguien recordó al libro “El eterno Adán”, de Michel Verne, hijo de Jules (durante varios años se creyó que era un libro póstumo de Jules, pero luego se supo que Michel lo había elaborado en base a apuntes del padre) Otros habían leído “El mundo sumergido” de Ballard. Pero a la mayoría no le interesaron los antecedentes literarios, sino el simple problema de la supervivencia.
Claro, no era un problema del que pudiera acusarse l gobierno de turno (cosa que de todos modos se hizo), sino más bien era una situación de emergencia de esas que necesitan unión por sobre todas las cosas. Una emergencia hídrica. Así que, de todos modos, el Gobierno tuvo que hacerse cargo. Sucedió que el Gobierno que coincidió con la emergencia prefería pedir ayuda al “Primer Mundo” antes que inventar salidas propias, seguramente dignas del Cuarto Mundo, pobres, torpes e insuficientes. El Presidente de la Nación pidió audiencia con el Director del Pentágono (en realidad la audiencia se pidió al Presidente de USA, pero éste dijo que para qué iban a andar intermediando)
Y el Director del Pentágono dio la solución.
Doscientos superaviones  Galaxy C8 descendieron en doscientos lugares del país, simultáneamente,  200.000 marines ocuparon el territorio, armados hasta los dientes y con los más modernos Hummers anfibios. Acto seguido las tropas se hicieron cargo de los yacimientos, los disques y las plantas atómicas, y se limpió la imagen del país en el mundo. Por cuerda separada, se le efectuaba un préstamo al país que, a cincuenta años y con un conveniente interés creciente, solventaba el gasto del Gran País del Norte.
A los inundados, claro, se los proveyó de salvavidas  naranjas con la banderita norteamericana y canoas de plástico.
Y entonces cesó la lluvia.

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